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Anfibios y Reptiles

Anfibios

Anfibios

Los anfibios, llamados también batracios, incluyen a todos los individuos cuya existencia totalmente acuática durante la etapa juvenil (en la que respiran con ayuda de branquias), se convierte en terrestre tras la metamorfosis. Se trata de vertebrados de piel desnuda y poiquilotérmicos, es decir, con temperatura corporal variable. Son ovíparos y ponen los huevos en el agua. La piel posee abundantes glándulas, que segregan veneno activo en ocasiones.

Clasificación de los anfibios

Hay dos grupos de anfibios:

Los urodelos

Los urodelos se caracterizan por un cuerpo alargado, provisto de una cola que existe ya en el periodo larvario. Habitualmente ovíparos, depositan sus huevos sobre piedras o plantas sumergidas. Las larvas poseen branquias externas y en general carecen de patas. Estas se desarrollan progresivamente y la respiración pulmonar sustituye a la branquial.

Los adultos tienen hábitos más bien terrestres y sólo acuden al medio acuático para reproducirse. Los urodelos de Europa son principalmente las salamandras y los tritones, que pertenecen a la familia de los salamándridos.

Los urodelos se caracterizan por su cuerpo alargado y la presencia de una cola perfectamente formada tanto en el estadio larvario como en la etapa adulta. Generalmente son ovíparos. Los huevos quedan adheridos a las piedras o a las plantas acuáticas sumergidas. La eclosión se produce tras un periodo de incubación de entre una y tres semanas. Las larvas nacen con branquias externas bien visibles, pero sin patas. Su desarrollo dura tres meses y en el curso de ese tiempo aparecen sucesivamente las patas: primero las delanteras y luego las traseras.

Durante ese intervalo, la respiración pulmonar pasa a sustituir a la branquial. Ya adultos, abandonan el medio acuático para volverse esencialmente terrestres. Sin embargo, no pueden vivir en una atmósfera demasiado seca ya que morirían por desecación. Por eso se refugian en lugares húmedos (tocones, musgos, hojas muertas, piedras, cuevas, zonas pantanosas, sotobosques frescos…). Sólo regresan al agua en la época de reproducción.

Los urodelos tienen todos una dieta carnívora y se alimentan de insectos, gusanos, caracoles, alevines, entre otros. En Europa, agrupan principalmente a las salamandras y los tritones, pertenecientes todos a la misma familia: la de los salamándridos. Gran parte de los tritones crecen cerca de charcas normalmente de tamaño reducido y localizadas en zonas boscosas, otros, como el tritón pirenaico y su primo de las montañas corsas, prefieren las aguas límpidas y frescas de los torrentes.

En el mundo hay seis géneros y cerca de cincuenta especies. Entre las especies europeas se encuentra la salamandra de tres dedos (Salamandrina terdigitata), que habita sólo en el oeste de Italia. Negra en su parte superior, tiene el vientre rosado con manchas negras y la parte inferior de las patas, de la cloaca y de la cola de una hermosa e intensa tonalidad roja. Hay que mencionar también al gigante de los salamándridos, el gallipato o Pleurodeles waltlii, que vive únicamente en la península Ibérica y alcanza 30 cm de largo.

Finalmente, está el extraño y famoso proteo (Proteus anguinus), una variedad de salamandra europea que vive en cuevas y aguas subterráneas. Su cuerpo, de color blanquecino o rosa pálido, carece por completo de pigmentación. Esta salamandra acuática pasa toda su vida en estado larvario y respira gracias a sus branquias externas. Se reproduce sin alcanzar jamás el estadio adulto de nuestras salamandras terrestres. En ocasiones, ha sido observado a gran profundidad en los ríos y lagos subterráneos de las costas orientales del Adriático. Podríamos relacionar al proteo con su primo lejano de México, al que los aztecas dieron el nombre de axolotl.

Tipos de urodelos

Hay dos tipos de urodelos: Salamandras y Tritones. A continuación puedes ver una lista de las diferentes especies:

Salamandras
Tritones

Los anuros

Los anuros no tienen nunca cola durante su etapa adulta. La piel, generalmente brillante, es lisa o verrugosa. Los intercambios respiratorios en los adultos se realizan fundamentalmente a través de la piel y la mucosa de la cavidad bucal. De este modo, los anuros pueden asimilar el oxígeno disuelto en el agua y permanecer mucho tiempo sumergidos. A este grupo pertenecen los sapos y las ranas, repartidos en varias familias.

Los anuros carecen de cola en su etapa adulta. La piel, generalmente brillante, puede ser lisa o verrugosa. Está provista de glándulas que segregan una abundante mucosidad y veneno. Este, cuya toxicidad puede ser semejante a la del veneno de las víboras, es totalmente inofensivo para el hombre, ya que los anuros no poseen ningún mecanismo para inocularlo en la sangre. El intercambio respiratorio en el adulto se realiza principalmente a través de la piel y de la mucosa de la cavidad bucal.

Los anuros son capaces de asimilar el oxígeno disuelto en el agua, lo que les permite permanecer mucho tiempo sumergidos. Se caracterizan también por su cuerpo corto y rechoncho, con las extremidades posteriores más desarrolladas que las anteriores y adaptadas al salto y la natación. Los machos cuentan con sacos vocales que amplifican su canto, al contrario de lo que sucede con los urodelos, que son prácticamente silenciosos. Los huevos, que no disponen de cubierta calcárea, son depositados generalmente en el agua, de manera aislada, en racimos o en cordones. Tras la incubación aparecen las jóvenes larvas, que experimentan metamorfosis más acentuadas que las de los urodelos. La cabeza del embrión es grande y está bien diferenciada del cuerpo, que es alargado, mientras que la cola no existe o es rudimentaria. Esta se desarrolla poco a poco antes de ser reabsorbida. Las patas traseras surgen antes que las delanteras.

Cómo es la reproducción de los anfibios

En los anuros se produce generalmente un acoplamiento con fecundación externa. En periodo de reproducción se observan grandes concentraciones en las charcas, estanques y otras zonas húmedas, precedidas de una migración de volumen variable.

El macho se coloca encima de la hembra, la abraza con sus patas delanteras y riega con su esperma los huevos a medida que salen. El acoplamiento puede ser de dos tipos: axilar, si el macho abraza a la hembra al nivel de las axilas, y lumbar, si la sujeta por las ingles. La necesidad de acoplamiento de algunos machos es tal que, en su apuro, ya sea por error o por ausencia de hembra en el momento propicio, se abrazan a cualquier cosa. A menudo se trata de una hembra de otra especie, aunque puede ser un objeto cualquiera, incluso la bota de un caminante. De hecho, bajo la influencia de sus hormonas sexuales, el macho alcanza tal grado de excitación que estrecha automáticamente entre sus brazos todo objeto que le frote el pecho: es el reflejo del abrazo.

Las ranas depositan sus huevos en montones grandes, mientras que los de los sapos tienen forma de largas ristras. La puesta, que flota o se fija a soportes vegetales sumergidos, es abandonada por los progenitores en el mismo instante en que éstos se separan. Los huevos están rodeados por una masa gelatinosa que les protege del frío y activa su incubación gracias al efecto invernadero. En el interior, el embrión se transforma poco a poco en un renacuajo, que eclosiona unas dos semanas después de la puesta. Se alimenta de residuos de su envoltura y micropartículas vegetales hasta que adquiere la destreza necesaria para nadar. A partir de ese momento, se convierte en carnívoro y consume pequeños invertebrados acuáticos. También puede adoptar un régimen necrófago y alimentarse de cadáveres de peces e incluso de ranas, lo que le convierte en caníbal.

El renacuajo posee branquias internas y una voluminosa cabeza, que contiene lo esencial de sus órganos vitales. La metamorfosis comienza con la aparición de las patas: primero las traseras y luego las delanteras. A continuación, empiezan a funcionar los pulmones y desaparece la cola. El animal, todavía de pequeño tamaño, adquiere su forma definitiva.

Los urodelos (salamandras y tritones) se reproducen de diferente manera, ya que no existe acoplamiento. Tras una parada nupcial más o menos compleja, el macho expulsa sus espermatozoides en pequeños paquetes protegidos por una delgada capa gelatinosa. Se trata de los espermatóforos, que la hembra atrapa con los labios de su cloaca y con los que se fecundarán los huevos. La fecundación es, pues, interna. Generalmente, los huevos son depositados de uno en uno en la vegetación sumergida. Cuando eclosiona, la larva recuerda ya al adulto: tiene cuerpo alargado con cola, posee branquias externas y, al contrario que en los anuros, las patas delanteras aparecen antes que las traseras.

Cómo identificar un anfibio

Para reconocer a los individuos adultos, se recurre normalmente al examen de las patas, la cabeza, la boca y la piel. También son de ayuda la forma y las dimensiones del animal. En la sistemática, se observan sobre todo los extremos de las patas: proporciones de los dedos, grado de desarrollo de las palmeaduras y los tubérculos de las manos y los pies. Además, se tiene en cuenta la posición de los ojos. El tímpano, circular a grandes rasgos y situado en la parte posterior del ojo, es la característica más importante. Su diámetro y la distancia hasta el ojo varían en las distintas especies. Otro buen criterio para la identificación es la pupila. Posee una configuración característica en cada especie de anuro: puede ser redondeada, alargada, ovalada, romboidal, picuda, horizontal. En los urodelos, la pupila es habitualmente redonda. El tipo de tejidos puede aportar también valiosas pistas. Según los géneros, la piel es más o menos brillante o mate, muy verrugosa, simplemente rugosa o lisa. En cuanto a la pigmentación, varía tanto de un individuo a otro que sólo con mucha reserva puede tomarse en consideración.

Cómo es la piel de los anfibios

El estudio de los tegumentos de los batracios es interesante en más de un aspecto: son sensibles a la luz, presentan abundantes y variadas secreciones y, además de su función esencial de protección, desempeñan un papel destacada en la respiración y la regulación de la temperatura interna.

La piel de los anfibios está repleta de glándulas. Unas, pequeñas, segregan al mismo tiempo moco y un veneno muy fluido de toxicidad variable. Hay otras glándulas que sólo segregan un veneno untuoso y de toxicidad comparable, por su potencia, al de la víbora.

Dado que los batracios no cuentan con ningún mecanismo para la inoculación, su veneno cumple una función meramente defensiva, que limita el número de predadores. Cuando un lagarto muerde las glándulas o corpúsculos epiteliales, llamados parotídeos, muere en unos instantes.

El hombre, por su parte, puede manipular un anfibio sin peligro, si bien se recomienda no llevarse las manos a los ojos después de tocar al animal.

Un dato muy curioso es que los batracios no están inmunizados contra su propio veneno: un sapo que se tragase a un congénere de menor tamaño, por ejemplo, podría morir.

La pigmentación cambia con cada individuo y el número de estas diferencias varía de una especie a otra. Incluso un mismo individuo puede cambiar totalmente de coloración a lo largo de su vida. Así, las ranitas de San Antón se comportan como camaleones y disponen de toda una gama de colores que les permiten adaptarse al medioambiente. En este caso se trata de una homocromía muy perfeccionada, pero podemos afirmar que numerosos anfibios, cuya coloración es naturalmente constante, practican una homocromía rudimentaria: su tonalidad general es la dominante en su biotopo. Dicha coloración parece depender siempre de las hormonas liberadas por la hipófisis.

Por otra parte, la sensibilidad de la piel a la exposición directa a la luz es muy elevada. Como ejemplo, la piel de un urodelo cavernícola, habitualmente incolora, se pigmenta tras una exposición prolongada a la luz. Además, los anuros experimentan mudas periódicas, en especial durante el periodo nupcial, poco antes del acoplamiento. En muchos casos, se tragan la piel que acaban de mudar.

La respiración de los anfibios

En estos animales, los principales intercambios respiratorios se realizan a través de la piel y de la mucosa de la cavidad bucal. Por ello, las ranas pueden permanecer mucho tiempo sumergidas sin utilizar sus pulmones. Estos, muy simplificados en los urodelos, por ejemplo, cumplen ante todo la función de órganos hidrostáticos y desaparecen por completo en buen número de estos animales. Para que el oxígeno y el anhídrido carbónico puedan atravesar la piel, es necesario que estén disueltos en agua. Esta limitación explica la abundancia de glándulas mucosas que se encargan de mantener cierta humedad en la piel.

Explica también el hecho de que los anfibios busquen lugares sombreados y frescos: cuando permanecen al sol la evaporación cutánea es excesivamente intensa.

La temperatura de los anfibios

Mientras que los vertebrados homeotermos (excepto los que hibernan) entran en un estado patológico cuando su temperatura interna media aumenta o disminuye 2 o 3 °C, los batracios pueden soportar sin perjuicio oscilaciones en su temperatura interna que llegan hasta los 40 °C. Por el contrario, la escala de temperaturas externas que pueden tolerar sin daños queda prácticamente reducida a esos mismos 2 o 3 °C, mientras que los mamíferos y las aves soportan diferencias termométricas externas de 100 °C.

El principal factor fisiológico que rige la temperatura interna de un anfibio es la pérdida de calor por evaporación de agua a partir de la mucosa bucal y pulmonar y, en una mayor proporción, de la piel (transpiración).

En una atmósfera no saturada de vapor de agua, incluso a baja temperatura, el cuerpo de un batracio es siempre más frío que el aire exterior: a 3 °C, la temperatura corporal de una rana verde será de 1,5 °C. El hecho de que la transpiración aumente en función de la temperatura ambiente explica el proceso que experimentan numerosas especies diurnas al exponerse al sol. Así, la temperatura corporal de una ranita de San Antón que se calienta al sol sobre una hoja a 50 °C no sobrepasa los 30 a 35 °C. En el agua, por el contrario, o en una atmósfera saturada de vapor de agua, la temperatura interna es siempre igual o ligeramente superior (en 3°C como máximo) a la del entorno (bastante más si el medio ambiente es más frío). Es la razón por la que los anfibios perecen en pocas horas en un agua cuya temperatura sobrepase los 30-40 °C.

Qué sonidos emiten los anfibios

Durante la primavera, los machos de los anuros dejan oír su voz en conciertos tan variados como intensos. Son ventrílocuos: Con la boca y los orificios nasales cerrados, hacen vibrar sus cuerdas vocales, situadas justo debajo de la glotis, empujando violentamente el aire de los pulmones a la boca. En muchos casos, los machos disponen además de potentes «cajas de resonancia»: los sacos vocales. Formados por un divertículo de la cavidad bucal, permanecen flácidos en reposo y, en la mayoría de los casos, tienen forma esférica cuando se inflan de aire. Generalmente, se observa un único saco central, situado bajo la garganta, o dos sacos laterales, colocados un poco por detrás y por debajo de la comisura de los labios. Según el espesor de la piel que los protege, se distingue entre sacos vocales externos y sacos vocales internos. Las hembras, que normalmente son mudas o emiten débiles gruñidos, jamás disponen de estos sacos.

Al parecer, los machos de la mayoría de las especies solamente emiten su canto cuando alcanzan la madurez sexual. Por lo que respecta a la voz de los urodelos, ésta no existe o bien los sonidos son débiles y rudimentarios.

El hábitat de los anfibios

En su conjunto, los actuales anfibios, que ocupan biotopos muy diversos en la práctica totalidad de los territorios emergidos, demuestran una gran capacidad de adaptación. Con apenas algunas excepciones, urodelos y anuros adoptan hábitos acuáticos durante el periodo de reproducción. Por eso es conveniente estudiar las costumbres y los hábitats de estos animales fuera de la estación reproductora, para descubrir así la enorme variabilidad en las distintas especies: podemos encontrar todas las formas intermedias entre las acuáticas (la mayor parte de los urodelos), acuícolas (ranas verdes), arborícolas (ranitas de San Antón), humícolas no excavadoras (salamandras) y excavadoras (pelobátidos, como el sapo de espuelas y el sapo pie de azadón), y cavernícolas (numerosos urodelos). Sólo en el género Bufo, se aprecia una gran diversidad en la ocupación de hábitats y en los diferentes comportamientos: existen sapos excavadores nocturnos y diurnos (el enterramiento se corresponde con el tiempo de reposo, que es, respectivamente, diurno y nocturno). También existen sapos que no se entierran y otros que son escaladores.

En principio, los anfibios no toleran el agua que posee un fuerte contenido en sal. Sin embargo, hay varias especies que pueden sobrevivir en aguas salobres, por ejemplo, en el litoral mediterráneo.

La «lluvia de ranas»

Poco después de experimentar la metamorfosis los jóvenes anuros se refugian bajo las piedras o en los intersticios más diversos, no lejos del agua que les ha visto nacer, si la atmósfera es muy seca. Con las primeras lluvias salen en masa. En estos casos, se observan tales concentraciones de estos animales que es difícil no pisarlos. De ahí procede la leyenda de la lluvia de ranas, que Aristóteles consideraba mensajeras de Júpiter.

Enemigos de los anfibios

A pesar de la protección que les ofrecen sus secreciones, los adultos son presa de numerosos predadores, muy a menudo vertebrados y en ocasiones artrópodos, cuya sangre contiene las adecuadas antitoxinas. Entre los principales enemigos de los anfibios están las grandes zancudas (garzas, cigüeñas…), los patos, algunas culebras y los pequeños carnívoros salvajes.

En los países cálidos, a estos predadores se suman los varanos, las grandes tortugas, los cocodrilos y las arañas. Con frecuencia, las larvas y los huevos son víctimas de los insectos acuáticos, como los ditíscidos o las larvas de las libélulas, pero también de las serpientes, tortugas y aves. Entre las causas de mortalidad natural de los anfibios hay que señalar las enfermedades bacterianas y las infecciones parasitarias (gusanos, protozoos…). A veces son atacados por hongos que pueden causarles enfermedades mortales. Además, los anfibios practican de manera regular el canibalismo.

No obstante, la causa principal de la escasez de anfibios son las actividades de la especie humana: el drenaje y la desecación de zonas húmedas, la caza ilegal en el momento de la freza, el tráfico en nuestras carreteras, que puede provocar verdaderas hecatombes en el momento de la migración nupcial. El anárquico proceso de urbanización, en particular en las zonas litorales, contribuye cada vez en mayor medida a la destrucción de numerosos y valiosos hábitats. La agricultura moderna se encuentra también entre los grandes males que afectan a todos los anfibios, por la remodelación de entornos y por las intoxicaciones que causa la utilización de diversos pesticidas.

Alimentación de los anfibios

Los batracios gozan de un enorme apetito. La larva joven se alimenta lo mismo de algas microscópicas que de plantas superiores, aunque poco a poco se vuelve carnívora y devora entonces pequeños invertebrados. Al final de su desarrollo, puede incluso adoptar hábitos caníbales. Esto no es más que una generalización. De hecho, el régimen alimentario de la forma larvaria varía con cada especie: algunas siguen siendo herbívoras hasta su metamorfosis, mientras que otras adoptan desde el principio un régimen carnívoro (es el caso de numerosos urodelos). El sapo común es un consumidor habitual de lombrices de tierra.

El anfibio adulto es exclusivamente zoófago. En la naturaleza, la mayoría de las especies sólo atacan a presas en movimiento. En general, las principales víctimas de los batracios son los gusanos, moluscos, artrópodos y pequeños invertebrados, además de presas diversas, desde alevines a micromamíferos.

Una vez concluida la metamorfosis, los urodelos aún se alimentan bien bajo el agua, aunque sólo algunos anuros conservan esta facultad. Por lo general, muestran una considerable resistencia al ayuno: todos los batracios pueden aguantar varios meses sin comer.

La migración de los anfibios

Desde finales de febrero a mediados de abril, los anfibios emprenden migraciones a veces espectaculares, que agrupan a varios miles de individuos, desde sus cuarteles de invierno hasta las zonas de reproducción. A continuación se produce el desplazamiento inverso, desde los lugares de puesta hacia los sectores donde se establecerán. Igualmente, se observa más tarde la dispersión de los jóvenes desde su lugar de nacimiento hacia nuevos territorios de caza. Cuando las infraestructuras ferroviarias o viales cortan uno de esos ejes migratorios, las consecuencias son trágicas para esas poblaciones, ya frágiles debido a los ataques de que han sido objeto sus hábitats. Entre las especies más amenazadas están la rana bermeja o temporaria, el sapo común y todos los tritones. Las pérdidas ocasionadas por la circulación rodada se pueden reducir mediante la utilización de túneles construidos bajo las carreteras. Los primeros pasos subterráneos concebidos para batracios fueron instalados en Suiza a partir de 1969. Entre esta fecha y la década de 1980 se sumaron a la iniciativa otros países europeos como Reino Unido o Francia. Lo deseable sería que estos «anfibioductos» se instalaran en el conjunto de las zonas de riesgo donde se producen importantes migraciones de anfibios.

Los anfibios y las creencias populares

A todos nos viene a la memoria la caprichosa imagen de la ranita barómetro: colocada en un bocal con una escala, cuyos escalones se suponía que ascendía o descendía según el tiempo que fuese a hacer. Algunas leyendas populares afirman que «a veces en la cabeza de los sapos viejos se encuentra una piedrecita. Montada en un anillo que se lleva en el dedo permite hacer frente a la maldad humana. También se cuelga del cuello para combatir las fiebres cuartanas».

La salamandra común, o salamandra de fuego, fue elegida como emblema por el rey francés Francisco I y reproducida en el castillo de Chambord de 330 maneras diferentes. Todavía hoy se cree que este animal no teme al fuego, algo que es, evidentemente, falso.

El anfibio con peor reputación es, sin duda, el sapo. Fue muy utilizado en la magia, sobre todo para la elaboración de filtros y venenos. Se decía que este animal se alimentaba únicamente de plantas venenosas, que provocaba picores y erupciones en la piel por simple contacto, e incluso que transmitía la rabia a los perros.

Los anfibios y la farmacopea

En la medicina, tanto veterinaria como humana, los anfibios tienen cierto interés debido a las propiedades de sus venenos. El del sapo no sólo es un antihemorrágico y un estimulante del sistema nervioso, sino que además podría poseer virtudes para la lucha contra el cáncer. Se dice que algunos tumores considerados incurables han sanado tras la aplicación por parte de curanderos de «jugo de sapo».

Desde hace mucho tiempo los batracios están al servicio de la medicina empírica, principalmente en Extremo Oriente. La utilización médica de las ranas es muy antigua y, si hemos de creer las afirmaciones de los magos de la época de Plinio, «estos animales deberían ser considerados mucho más útiles para la sociedad que las leyes». En la Edad Media se utilizaba una cocción de rana para combatir la tuberculosis, la hipocondría y las afecciones crónicas. Cocidas con sal y aceite se empleaban para contrarrestar el veneno de las serpientes. Si se sujetaba una rana viva entre las manos, se calmaba la fiebre y los sudores. En caso de dolor de cabeza, en algunos pueblos se suplía la falta de hielo con la aplicación de una rana sobre la frente. Para la inflamación cerebral infantil, Plinio aconsejaba la aplicación del dorso de una rana sobre la cabeza. Y una rana sostenida sobre la mandíbula curaba también las molestias dentales.